Los demonios
Los demonios La vi delante de mà (¡oh, no; no en carne y hueso!; ¡ojalá hubiera sido una visión real!); ante mis ojos tenÃa a Matriosha, demacrada, con la mirada febril, idéntica a la de entonces, cuando, de pie en el umbral de mi cuarto, movÃa la cabeza y me amenazaba con el puño. Jamás habÃa vivido nada tan mortificante como la patética desesperación de una criatura de diez años[427], desamparada, ignorante de todo, que me amenazaba (¿con qué?, ¡Dios mÃo!, ¿qué podÃa hacerme?), pero que, al mismo tiempo, se echaba a sà misma toda la culpa. Nunca he sentido nada parecido. Estuve sentado sin moverme hasta que se hizo de noche, y perdà la noción del tiempo. ¿Será eso lo que llaman arrepentimiento o remordimiento de conciencia? No lo sé, ni siquiera ahora podrÃa asegurarlo. Pero me resultaba intolerable aquella imagen suya, de pie en el umbral con el pequeño puño alzado en señal de amenaza, su aspecto de entonces, aquel preciso instante, aquella forma suya de mover la cabeza. Es eso en concreto lo que no puedo soportar, porque desde aquella tarde he vuelto a revivirlo prácticamente a diario. No sucede espontáneamente, sino que soy yo quien lo invoca y no puedo evitar invocarlo, aunque me haga la vida imposible. ¡Ah, si pudiera verla alguna vez en carne y hueso, aunque no fuese más que una alucinación!