Los demonios
Los demonios Era un rincón de las islas griegas; envolventes olas azules, islas y rocas; una ribera feraz, una vista mágica en el horizonte, el encanto del sol poniente: no hay palabras para describirlo. Allí estaba la cuna de la civilización europea, allí se habían desarrollado las primeras escenas del mundo mitológico, allí estuvo el paraíso terrenal… Allí había vivido en otro tiempo una hermosa estirpe. Eran felices e inocentes de la mañana a la noche; los bosques se henchían con sus alegres cánticos; la prodigiosa abundancia de sus dones virginales se expresaba a través del amor y la más pura felicidad. El sol bañaba con sus rayos este mar y estas islas, recreándose en sus espléndidos hijos. ¡Qué sueño maravilloso, qué deslumbrante ilusión! El sueño más increíble de todos cuantos han sido soñados, pero ante el que la humanidad entera se ha rendido con todas sus fuerzas a lo largo de la historia; por él lo ha sacrificado todo, por él los hombres han muerto en la cruz y los profetas han sido aniquilados; sin él, las naciones no querrían vivir y no sabrían morir siquiera. Atravesé todas estas sensaciones en mi sueño; no sabría decir exactamente con qué soñé, pero las rocas, el mar, los oblicuos rayos del sol poniente, todo parecía estar todavía ante mis ojos cuando desperté y los abrí y, por primera vez en mi vida, los hallé bañados en lágrimas. Un sentimiento de felicidad hasta ese momento desconocido para mí me inundó el corazón de un modo casi doloroso. Estaba atardeciendo; por la ventana de mi diminuta habitación, a través de las hojas verdes de las flores que adornaban el alféizar, se filtraba un haz de rayos oblicuos del sol en su ocaso que me bañaba con su luz. Cerré los ojos de inmediato, como queriendo convocar de nuevo el desvanecido sueño, pero en eso, en medio de todo el brillo y fulgor, distinguí un punto diminuto. El punto fue cobrando progresivamente una forma definida y, de golpe, se me apareció con perfecta claridad una minúscula araña rojiza. De inmediato la recordé posada en la hoja del geranio, cuando también se derramaban sobre ella los rayos del sol poniente. Fue como si algo se precipitara en mi interior; me incorporé y me quedé sentado en la cama. (¡Así fue como sucedió todo!).