Los demonios
Los demonios —No voy a contestar a eso. Pero ciertamente no hay ni puede haber un crimen mayor ni más terrible que su comportamiento con esa niña.
—Basta de establecer comparaciones. A lo mejor no sufro tanto como le he hecho creer, o a lo mejor incluso he contado muchas mentiras para perjudicarme —añadió inesperadamente.
Tijon volvió a dejarlo pasar sin hacer comentarios.
—Y la muchacha —cambió de tema Tijon— con la que rompió usted en Suiza, ¿me permite preguntarle dónde se encuentra… en estos momentos?
—AquÃ.
Otro nuevo silencio.
—SÃ, puede que yo haya acumulado mentiras en contra de mà mismo —insistió una vez más Stavroguin—. De todos modos, ¿qué importa que los desafÃe con la brutalidad de mi confesión si, como usted, se dan cuenta del desafÃo? Asà me odiarán más todavÃa, eso es todo. Y eso sin duda me pondrá las cosas más fáciles.
—Por tanto, su rabia despertará en ellos una rabia semejante, y encontrará usted más llevadero su odio que aceptar su compasión…