Los demonios
Los demonios —¿Dónde está el desafÃo? He dejado al margen toda consideración personal.
Tijon calló. Hasta sus pálidas mejillas estaban encendidas.
—Vamos a dejarlo —dijo Stavroguin, tajante—. PermÃtame que sea yo ahora quien le plantee otra cuestión: llevamos ya cinco minutos hablando desde que ha acabado de leer esto —señaló las hojas— y no veo en usted la menor expresión de aversión ni de escándalo… ¡No parece usted excesivamente remilgado!…
No pudo acabar, y se sonrió.
—Es decir, que usted querÃa que le manifestara inmediatamente mi desprecio —dijo Tijon con firmeza—. No voy a ocultárselo ni muchÃsimo menos: me ha horrorizado toda esa energÃa desperdiciada y deliberadamente empleada en algo abominable. Por lo que al crimen se refiere, es un pecado que muchos cometen, pero viven en paz y con la conciencia tranquila y hasta lo consideran un inevitable pecadillo de juventud, aunque también hay ancianos que pecan de ese modo, sÃ, con toda indulgencia y ligereza. De esos horrores está lleno el mundo. Pero usted ha tocado fondo hasta un extremo que rara vez se encuentra.
—¿Acaso me respeta más después de estas páginas? —dijo Stavroguin, con una sonrisa irónica.