Los demonios
Los demonios —Es como si usted quisiera presentar un retrato de sà mismo más adverso de lo que desea su corazón… —Tijon se iba volviendo más atrevido; el «documento», evidentemente, le habÃa causado una fuerte impresión.
—¿«Presentar un retrato»? Le repito que no «presento ningún retrato» y, desde luego, no he «posado».
Tijon se apresuró a bajar los ojos.
—Este documento surge directamente de la necesidad de un corazón mortalmente herido. ¿Lo he entendido bien? —siguió diciendo éste enfáticamente y con extraordinaria vehemencia—. SÃ, es el arrepentimiento, una humana necesidad de arrepentirse, lo que le ha doblegado y le ha llevado por un camino de insólita grandeza. Pero da la impresión de que usted aborrece y desprecia de antemano a todos cuantos hayan de leer lo que aquà está escrito, y los desafÃa. No le dio vergüenza admitir su crimen, ¿por qué se avergüenza de arrepentirse de él? Que todos me miren, dice; bueno, y usted ¿cómo piensa mirarlos a ellos? Hay ciertos pasajes en su declaración en los que se le va la mano; es como si se regodeara en su psicologÃa, y se jacta de cualquier minucia solo para escandalizar al lector con una insensibilidad que realmente no le es propia. ¿Qué es eso sino un arrogante desafÃo del acusado a sus jueces?