Los demonios
Los demonios —Me olvidé de advertirle de que todo cuanto diga será en vano; no desistiré de mi empeño, asà que no trate de disuadirme. Lo voy a publicar.
—SÃ, eso ya me lo dijo usted, antes de empezar a leer.
—Da lo mismo. Se lo vuelvo a repetir: por muy sólidas que fueran sus objeciones, no me harÃan cambiar de idea. Y observe que con tal frase, feliz o infeliz, júzguela como quiera, no pretendo que empiece usted a contradecirme y rogarme —añadió sin poder contenerse y volviendo por un momento a adoptar el tono de antes, aunque enseguida se sonrió tristemente de sus propias palabras.
—No querrÃa discutir, y menos aún tratar de convencerle de que abandone su propósito, ni creo que esté en mi mano conseguirlo. Su idea es una gran idea, y es imposible encontrar una forma más cristiana de proceder: no cabe mayor acto de contrición que el escrito que usted ha concebido, siempre y cuando…
—Siempre y cuando, ¿qué?
—Siempre y cuando se arrepienta de verdad y sea una idea cristiana de verdad.
—Eso son sutilezas, ¿no da lo mismo? Lo escribà con sinceridad.