Los demonios
Los demonios Stepán TrofÃmovich le estrechó la mano maquinalmente y con un gesto lo invitó a sentarse; me miró, miró después a Liputin y de pronto, como cayendo en la cuenta, también él se sentó precipitadamente, pero sin soltar el sombrero y el bastón, y sin reparar en esa circunstancia.
—¡Caramba, si se disponÃa usted a salir! Me habÃan dicho que se habÃa enclaustrado porque tiene mucho trabajo.
—SÃ, pero estoy enfermo, y querÃa salir a dar un paseo; yo… —Stepán TrofÃmovich se quedó callado, dejó rápidamente en el sofá el sombrero y el bastón y… se puso colorado.