Los demonios
Los demonios Entretanto examiné apresuradamente al huésped. Era un hombre joven aún, de unos veinticinco años, decentemente vestido, bien plantado, enjuto y moreno, con el semblante pálido, de un tono algo sucio, y unos ojos negros y apagados. Parecía más bien pensativo y absorto, hablaba a trompicones y sin mucha corrección, colocando las palabras de forma un tanto extraña y confundiéndose cada vez que tenía que decir una frase algo más larga. Liputin había reparado en el miedo atroz de Stepán Trofímovich y estaba visiblemente satisfecho. Había tomado asiento en una silla de mimbre, que arrastró poco menos que hasta el centro del cuarto para situarse entre el anfitrión y el invitado, a la misma distancia de ambos, que se habían acomodado en sendos sofás, el uno enfrente del otro. Sus ojos agudos fisgaban curiosos por todos los rincones.
—Yo… hace mucho que no veo a Petrusha… ¿Lo ha tratado usted en el extranjero? —acertó a farfullar Stepán Trofímovich, dirigiéndose al invitado.
—Aquí y en el extranjero.