Los demonios
Los demonios La diferencia que había entre ellos era que Varvara Petrovna jamás habría mandado una carta así. Es verdad que a él le apasionaba escribir; le escribía cartas a pesar de que vivían bajo el mismo techo, y en los momentos de histeria hasta dos cartas al día. Sé de buena tinta que ella siempre leía esas cartas con mucha atención, incluso cuando le escribía dos al día, y una vez leídas las guardaba en un cofrecillo especial, anotadas y clasificadas; aparte de eso, las meditaba en su corazón[12]. Después, tras tener todo el día a su amigo sin una respuesta, se reunía con él con toda naturalidad, como si la víspera no hubiera ocurrido nada de particular. Poco a poco lo fue metiendo en cintura, hasta el punto de que él tampoco se atrevía a hacer alusión a lo ocurrido el día anterior, y se limitaba a mirarla a los ojos durante un tiempo. Pero ella nunca se olvidaba de nada, mientras que él a veces se daba demasiada prisa en olvidar y, alentado por la calma que exhibía su amiga, no era raro que ese mismo día, si había visitas, ya estuviera riéndose y haciendo chiquilladas con una copa de champán. ¡Con cuánta inquina debía de mirarlo ella en aquellos momentos, sin que él se percatase de nada! Si acaso, al cabo de una semana, o de un mes, o hasta de medio año, en alguna ocasión muy especial, al recordar por casualidad determinada frase de aquella carta, y a partir de ahí la carta entera, con todas las circunstancias que la habían rodeado, no era raro que lo pasara mal y que sufriera entonces uno de sus episodios de colerina. Estos ataques, comunes en él, se interpretaban en algunos casos como el resultado natural de sus alteraciones nerviosas y eran, a su manera, una interesante rareza de su constitución física.