Los demonios

Los demonios

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La señora se levantó y empezó a llamar a su perra:

—Zemirka, Zemirka, vente tú conmigo por lo menos.

Zemirka, una perrilla detestable, vieja y pequeña, no hizo caso y se metió debajo del diván en el que estaba Liza.

—¿No quieres venir? Pues entonces yo tampoco te quiero. Adiós, bátiushka[132], no conozco su nombre ni su patronímico —añadió, volviéndose a mí.

—Antón Lavréntievich…

—Es igual, por un oído me entra y por el otro me sale. No hace falta que me acompañe, Mavriki Nikoláievich, solo estaba llamando a Zemirka. Gracias a Dios, todavía puedo valerme sola, y mañana saldré a dar un paseo.

Abandonó enfurruñada la sala.

—Antón Lavréntievich, puede hablar un rato con Mavriki Nikoláievich; le aseguro que los dos saldrán ganando si llegan a conocerse mejor —dijo Liza, y sonrió amistosamente a Mavriki Nikoláievich, que se enardeció mientras ella lo miraba. Yo no tuve más remedio que quedarme allí hablando con él.


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