Los demonios
Los demonios —¿Es verdad que vive con una hermana? —preguntó Liza.
—SÃ, con una hermana.
—Dicen que la maltrata, ¿eso es verdad?
Shátov volvió a mirar a Liza, frunció el ceño y, murmurando: «¡Eso no es asunto mÃo!», se dirigió hacia la puerta.
—Ay, espere —exclamó Liza, alarmada—, ¿adónde va? Aún tenemos mucho de que hablar…
—¿De qué tenemos que hablar? Mañana le comunicaré…
—Pues de lo más importante, ¡de la imprenta! Créame, no estoy de broma, quiero hacer este trabajo en serio —aseguraba Liza, cada vez más alarmada—. Si decidimos publicar el libro, ¿dónde lo vamos a imprimir? Ésa es la cuestión más importante, porque a Moscú no vamos a ir, y las imprentas de aquà no están preparada para esa clase de publicaciones. Hace tiempo decidà poner en marcha mi propia imprenta; podrÃa ponerla a su nombre, porque sé que mi madre solo me lo iba a permitir si está a nombre de usted…
—Y ¿cómo sabe usted que valgo para tipógrafo? —preguntó Shátov en tono sombrÃo.