Los demonios
Los demonios —Porque, estando en Suiza, Piotr Stepánovich me habló precisamente de usted, y me dijo que usted puede llevar una imprenta y que conoce el oficio. Quiso darme incluso una nota para usted, pero se me olvidó pedírsela.
Si no recuerdo mal, a Shátov le cambió la expresión. Se quedó parado unos segundos y de repente salió de la estancia. Liza se enfadó.
—¿Siempre se marcha así? —preguntó, dirigiéndose a mí.
Me encogí de hombros, pero de pronto Shátov regresó, fue derecho hasta la mesa y depositó el paquete de periódicos que había cogido antes:
—No puedo ser su colaborador, no tengo tiempo…
—Pero ¿por qué? ¿Por qué? ¿No se habrá enfadado? —le preguntaba Liza con voz dolida e implorante.
El tono de su voz debió de afectarle profundamente; se quedó mirándola fijamente por unos momentos, como si quisiera penetrar hasta el fondo de su alma.
—Es igual —murmuró con calma—, no quiero…
Y se marchó definitivamente.
Liza estaba abrumada, y de una forma desproporcionada; al menos esa sensación me dio a mí.
—¡Un hombre asombrosamente extraño! —comentó en voz alta Mavriki Nikoláievich.