Los demonios
Los demonios —Entiendo; se lo agradezco, Nikon Semiónych. ¿Es usted, querida mÃa, la señora Lebiádkina?
—No, no soy Lebiádkina.
—Pero tal vez Lebiadkin sea su hermano…
—Lebiadkin es mi hermano.
—Vamos a hacer lo siguiente, querida; va a venirse conmigo a mi casa, y desde allà la llevarán a la suya. ¿Quiere usted venir conmigo?
—¡Ay, sÃ, claro que quiero! —dijo la señora Lebiádkina, juntando las manos.
—¡TÃa, tÃa! ¡Lléveme también a mÃ! —se oyó de pronto la voz de Lizaveta Nikoláievna.
Hay que aclarar que Lizaveta Nikoláievna habÃa asistido a misa en compañÃa de la gobernadora, y que entretanto Praskovia Ivánovna habÃa salido, por recomendación del médico, a dar un paseo en coche, y para distraerse se habÃa llevado a Mavriki Nikoláievich. De improviso Liza se habÃa apartado de la gobernadora y habÃa ido corriendo a reunirse con Varvara Petrovna.
—Querida, ya sabes que yo estoy encantada de tenerte a mi lado, pero ¿qué va a decir tu madre? —empezó a decir con gravedad Varvara Petrovna, pero se calló, desconcertada, al advertir en Liza una agitación inusitada.
—TÃa, tÃa, tengo que ir con usted sin falta —imploraba Liza, besando a Varvara Petrovna.