Los demonios

Los demonios

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—Mais qu’avez vous donc, Lise![141] —dijo la gobernadora con evidente asombro.

—Ay, disculpe, querida, chère cousine[142], voy a casa de mi tía. —Liza se volvió rápidamente hacia su chère cousine, desagradablemente sorprendida, y le dio dos besos.— Y dígale también a maman que venga enseguida a buscarme a casa de la tía. Maman quería acercarse a verla sin falta, sin falta; ella misma me lo dijo esta mañana; me había olvidado de avisarla —prosiguió Liza, muy agitada—; lo siento, no se enfade, Julie… chère cousine… ¡Tía, ya estoy lista!… Tía, si no me lleva usted, echo a correr detrás del carruaje, dando gritos como una descosida —le dijo a toda prisa, desesperada, a Varvara Petrovna, hablándole al oído; por suerte, nadie más la oyó.

Varvara Petrovna dio un paso atrás y escrutó con la mirada a la enloquecida joven. Esa mirada resultó decisiva: finalmente, resolvió llevar consigo a Liza.

—¡Esto se tiene que acabar! —se le escapó—. Muy bien, Liza, te llevo encantada —y enseguida añadió en voz alta—; siempre y cuando, como es natural, Yulia Mijáilovna esté de acuerdo en dejarte escapar —dijo, volviéndose hacia la gobernadora y mirándola con llaneza y con sincera dignidad.


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