Los demonios

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—Pues ¡claro, no faltaba más! No quiero privarla de ese placer, más aún cuando yo misma… —murmuró de pronto Yulia Mijáilovna con inesperada amabilidad— yo misma… sé qué cabecita tan fantasiosa y autoritaria descansa sobre esos hombros…

Yulia Mijáilovna sonrió de un modo seductor.

—Le estoy enormemente agradecida —contestó Varvara Petrovna, con una inclinación cortés y ceremoniosa.

—Y me complace especialmente —prosiguió Yulia Mijáilovna, poco menos que extasiada, ruborizándose de la agradable emoción que sentía—, porque, aparte de la satisfacción de acompañarla, Liza se siente conmovida por un sentimiento tan hermoso, tan elevado, me atrevo a decir… de compasión… —dirigió una mirada a la «infeliz»— y… en el atrio mismo del templo…

—Estas consideraciones la honran a usted —dijo Varvara Petrovna con magnanimidad.

En un gesto impulsivo, Yulia Mijáilovna le tendió la mano, y Varvara Petrovna, sin pensárselo dos veces, la rozó con sus dedos. La impresión general fue magnífica, los rostros de algunos de los presentes brillaron de satisfacción y hubo algunas sonrisas dulces y complacientes.


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