Los demonios
Los demonios En definitiva, toda la ciudad pudo ver con claridad que no había sido Yulia Mijáilovna la que había desairado hasta entonces a Varvara Petrovna resistiéndose a visitarla, sino que, contrariamente, la propia Varvara Petrovna «había guardado las distancias con Yulia Mijáilovna, la cual, si hubiera hecho falta, no habría vacilado en ir a pie a visitarla siempre y cuando hubiera tenido la certeza de que Varvara Petrovna la iba a recibir». El prestigio de Varvara Petrovna creció como la espuma.
—Suba, querida. —Varvara Petrovna le señaló a mademoiselle Lebiádkina el carruaje que acababa de llegar; la «infeliz» corrió, radiante de alegría, hasta la portezuela, donde un lacayo la ayudó a subir.
—¿Cómo? ¿Cojea usted? —gritó Varvara Petrovna aterrorizada y poniéndose pálida. (Todo el mundo se dio cuenta, pero entonces nadie comprendió…).
El coche echó a andar hacia casa de Varvara Petrovna, situada muy cerca de la catedral. Liza me contó más tarde que Lebiádkina se había reído histéricamente los tres minutos que duró el trayecto, mientras Varvara Petrovna iba sumida «en una especie de sueño magnético», en palabras de la propia Liza.