Los demonios
Los demonios Y con un gesto desafiante rechazó el café que le ofrecía el criado. Por cierto, que los demás tampoco quisieron café, excepto Mavriki Nikoláievich y yo. Stepán Trofímovich lo aceptó, pero enseguida dejó la taza en la mesa. A Maria Timoféievna le habría encantado tomar otra taza, y llegó a alargar la mano, pero se lo pensó mejor y rehusó con gravedad, visiblemente satisfecha consigo misma.
Varvara Petrovna se sonreía con malicia.
—¿Sabes una cosa, Praskovia Ivánovna, querida amiga mía? Lo más seguro es que hayas vuelto a imaginarte algo, y eso es lo que te ha traído hasta aquí. Toda la vida has estado imaginándote cosas. Te has puesto hecha una furia al oír hablar del pensionado; pero ¿no te acuerdas de cómo llegaste un día e hiciste creer a toda la clase que un húsar llamado Shablykin había pedido tu mano, y madame Lefebure no tardó en demostrar que estabas mintiendo? El caso es que no mentías, sino que eran figuraciones tuyas para divertirte. Bueno, dime: ¿qué te traes ahora entre manos? ¿Qué te has imaginado esta vez? ¿Por qué estás tan disgustada?
—Pues usted en el pensionado se enamoró del pope que nos daba clase de doctrina cristiana; ahí tiene, ya que es usted tan rencorosa, ¡ja, ja, ja!
Soltó una carcajada biliosa y le entró la tos.
—Aaah, conque no te has olvidado de aquel pope… —dijo Varvara Petrovna, mirándola con odio.