Los demonios
Los demonios —¡Ah, aquí! —Praskovia Ivánovna señaló un sillón al lado de la mesa y se dejó caer en él, con ayuda de Mavriki Nikoláievich—. ¡De no ser por mis piernas, mátushka, no me sentaría en su casa! —añadió con voz desgarradora.
Varvara Petrovna levantó levemente la cabeza y, con el rostro crispado, se oprimió con los dedos la sien derecha, señal evidente de un intenso dolor (tic douloureux)[145].
—Dime, Praskovia Ivánovna, ¿por qué no ibas a sentarte en mi casa? Toda la vida he disfrutado de la sincera amistad de tu difunto marido, y tú y yo de niñas jugábamos juntas a las muñecas en el pensionado.
Praskovia Ivánovna hizo un gesto de fastidio con la mano.
—¡Ya sabía yo! Siempre que se propone echarme algo en cara se remonta al pensionado, es uno de sus trucos. Pero para mí que es pura retórica. No puedo soportar ese pensionado suyo.
—Parece que has venido de un pésimo humor; ¿qué tal tus piernas? Aquí te traen un café, si gustas… Tómatelo y no te enfades.
—Mátushka, Varvara Petrovna, usted me trata como a una niña pequeña. ¡No quiero café, para que lo sepa!