Los demonios
Los demonios —Señora —el capitán no habÃa escuchado—, a lo mejor habrÃa preferido llamarme Ernest, pero me veo obligado a cargar con este nombre vulgar de Ignat. ¿A qué cree usted que se debe? Me habrÃa gustado llamarme prÃncipe de Monbars[152], y solo soy Lebiadkin, como si tuviera algo que ver con un cisne[153]. ¿Por qué? Yo, señora, soy poeta, poeta de espÃritu, pobrÃa cobrar mil rublos de un editor, pero me veo obligado a vivir en una pocilga. ¿Por qué, por qué? ¡Señora! A mi entender, ¡Rusia no es más que un capricho de la naturaleza!
—Decididamente, usted no tiene nada que decir en concreto.
—Puedo leerle mi poema La cucaracha, señora.
—¿Cómooo?
—Señora, ¡aún no estoy loco! Seguramente me vuelva loco, pero aún no lo estoy. Señora, un amigo mÃo, una persona ho-no-ra-bi-lÃ-sima, ha escrito una fábula de Krylov, titulada La cucaracha, ¿puedo leérsela?
—¿Pretende leerme una fábula de Krylov?