Los demonios
Los demonios —No, no quiero leer una fábula de Krylov, sino una mÃa, una composición propia. Créame, señora, y lo digo sin ánimo de ofender, que yo no soy tan ignorante o tan depravado como para desconocer que Rusia cuenta con un gran fabulista como es Krylov, en cuya memoria el ministro de Instrucción Pública ha mandado erigir un monumento en el JardÃn de Verano, para recreo de los más pequeños. Asà pues, usted pregunta, señora: «¿Por qué?». ¡La respuesta se encierra en esta fábula, escrita con letras de fuego!
—Lea su fábula.
—Érase una cucaracha
con Ãnfulas de señora,
hasta que cayó en un vaso
atiborrado de moscas.
—¡Dios mÃo, qué es esto! —exclamó Varvara Petrovna.
—Eso se refiere a cuando en verano —aclaró el capitán, deprisa y corriendo, haciendo unos terribles aspavientos, con la irritada impaciencia del autor a quien interrumpen durante la lectura— se cuelan las moscas en un vaso, y aquello es una escabechina, todo el mundo lo puede entender; no me interrumpa, no me interrumpa —no paraba de hacer aspavientos—, ya verá, ya verá…
La cucaracha, imponente,
a las moscas incomoda.