Los demonios

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VIII

A partir de ahí sobrevino un periodo de placidez entre nosotros, que se ha prolongado, sin mayores sobresaltos, estos nueve años. Los estallidos de histeria y los sollozos en mi hombro, que han seguido repiténdose con regularidad, no han supuesto ningún obstáculo para nuestra prosperidad. Me sorprende que Stepán Trofímovich no haya engordado en todo este tiempo. Eso sí, la nariz se le ha puesto algo más roja y le ha mejorado el carácter. Poco a poco se ha ido formando un círculo de amigos a su alrededor, si bien nunca ha sido excesivamente amplio. Aunque Varvara Petrovna apenas ha tenido contacto con el círculo, todos la considerábamos nuestra patrona. Después de la lección recibida en San Petersburgo, se había instalado definitivamente entre nosotros; los inviernos los pasaba en su casa de la ciudad y los veranos en su finca de las afueras. Nunca había logrado tanto ascendiente e influencia como en los últimos siete años en nuestra sociedad provinciana; esto es, hasta la designación del actual gobernador. Nuestro anterior gobernador, el inolvidable Iván Ósipovich, un hombre muy templado, era pariente cercano de Varvara Petrovna y en su día se había visto favorecido por ella. La mujer del gobernador se echaba a temblar solo de pensar en la posibilidad de no complacer a Varvara Petrovna, y la veneración de la sociedad de nuestra provincia llegaba a tales extremos que parecía poco menos que pecaminosa. La situación también favorecía, evidentemente, a Stepán Trofímovich. Era miembro del club, perdía a las cartas con dignidad y se había granjeado el respeto de la gente, aunque muchos veían en él únicamente a un «erudito». Más tarde, cuando Varvara Petrovna le permitió instalarse en otra casa, todos nos sentimos más libres. Nos reuníamos allí un par de veces por semana; nos lo pasábamos bien, sobre todo cuando no escatimaba champán. El vino se adquiría en la tienda del susodicho Andréiev. La cuenta la saldaba Varvara Petrovna cada seis meses, y el día de pago solía coincidir con un ataque de colerina.


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