Los demonios
Los demonios Muchas de las damas (entre ellas, las más distinguidas) tenían curiosidad por saber de la «misteriosa coja», como llamaban a Maria Timoféievna. Incluso ardían en deseos de conocerla y tratarla personalmente, así que era evidente que la intervención de aquellos individuos que se habían apresurado a retirar de la circulación a los Lebiadkin no podía haber llegado más a tiempo. Con todo, lo que destacaba en primer plano era el desmayo de Lizaveta Nikoláievna, y en eso estaba interesada «toda la sociedad», aunque solo fuera porque era algo que tocaba de cerca a Yulia Mijáilovna, como pariente y protectora de Lizaveta Nikoláievna. ¡Qué no dirían! Una circunstancia misteriosa dio pábulo a las habladurías: las dos casas estaban cerradas a cal y canto; Lizaveta Nikoláievna, según decían, estaba en cama con fiebre alta; algo parecido contaban de Nikolái Vsévolodovich, con el añadido de detalles escabrosos como que había perdido un diente y se le había inflamado un carrillo por culpa del flemón. Se comentaba incluso por ahí que bien podría producirse un crimen, que Stavroguin no era de los que toleran semejante ofensa y que mataría a Shátov, pero en secreto, como en las vendette de los corsos. Esta idea atraía a mucha gente, pero la mayoría de nuestra juventud mundana oía todo esto con desdén y con un aire de absoluta indiferencia que, sin duda, era fingida. En general, la vieja hostilidad de nuestra sociedad a Nikolái Vsévolodovich se manifestó con toda crudeza. Hasta las personas más sensatas se afanaban por culparlo, sin saber ellas mismas de qué. Contaban en voz baja que por lo visto había deshonrado a Lizaveta Nikoláievna y que en Suiza había habido una intriga entre ellos. Como es lógico, había gente más prudente que se abstenía de hacer comentarios, pero todo el mundo, en cualquier caso, escuchaba con avidez. También se dijeron otras cosas, pero ya no en público, sino en privado, en raras ocasiones y prácticamente en secreto; cosas extremadamente raras, a cuya existencia hago referencia sin otra intención que la de prevenir al lector, en vista de acontecimientos ulteriores de mi relato. En concreto, algunos decían, frunciendo el ceño y solo Dios sabe con qué fundamento, que Nikolái Vsévolodovich tenía algún cometido especial en nuestra provincia, que por mediación del conde K. había entrado en contacto en San Petersburgo con miembros de las altas esferas, que hasta era posible que trabajara al servicio del gobierno, y que alguien le había encargado una misión importante o algo por el estilo. Cuando algunas personas más razonables y comedidas se sonreían al oír estas cosas y objetaban, con buen criterio, que un sujeto como aquél, amigo de los escándalos, que había empezado su carrera entre nosotros con un flemón, no daba la sensación, precisamente, de ser un agente gubernamental, alguien les replicaba, bajando la voz, que seguramente no estaría allí en misión oficial, sino confidencial, por así decir, y que en ese caso la propia naturaleza del servicio exigía que el encargado se pareciese lo menos posible a un funcionario público. Tal observación surtía efecto, pues era sabido que en nuestra capital tenían el ojo puesto en el zemstvo[159] de nuestra provincia. Insisto en que no eran más que rumores pasajeros, y que se desvanecían sin dejar rastro, hasta el momento en que Nikolái Vsévolodovich hizo su primera aparición. Quisiera destacar que tales rumores se debían en parte a las palabras, breves pero maliciosas, que había pronunciado en el club, de manera vaga e inconexa, el capitán de la guardia, ya retirado, Artemi Pávlovich Gagánov, que había regresado recientemente de San Petersburgo; se trataba de uno de los más poderosos hacendados de nuestra provincia y de nuestro distrito y estaba muy bien relacionado con los círculos de la capital; era hijo, además, de Pável Pávlovich Gagánov, el respetable anciano con el que Nikolái Vsévolodovich había tenido hacía más de cuatro años aquel encontronazo, de una grosería y una brusquedad extraordinarias, al que ya me he referido con anterioridad, al principio de mi relato.