Los demonios
Los demonios —Bah, qué más dará. OlvÃdelo, ¡al diablo con eso! —Shátov hizo un gesto con la mano—. Si usted reniega ahora de lo que dijo entonces sobre el pueblo, ¿cómo pudo pronunciar esas palabras?… Eso es lo que me fastidia ahora.
—Pero es que entonces no estaba bromeando; mientras trataba de convencerle, posiblemente estaba pensando más en mà mismo que en usted —dijo Stavroguin enigmáticamente.
—¡Que no estaba bromeando! En América me pasé tres meses tirado en la paja al lado de un… desgraciado, y por él me enteré de que, justo cuando plantaba en mi espÃritu la semilla de Dios y de la patria, al mismo tiempo, puede que hasta en esos mismos dÃas, se dedicaba usted a emponzoñar con su veneno el corazón de ese desdichado, de ese manÃaco de KirÃllov… Le inculcó la mentira y la calumnia y lo llevó al borde de la locura… Vaya a verlo ahora, ésa es su creación… Aunque usted ya lo ha visto.
—En primer lugar, déjeme que le diga que el propio KirÃllov me ha dicho hace muy poco tiempo que es feliz y que está estupendamente. Su suposición de que todo aquello estaba ocurriendo al mismo tiempo es casi cierta, pero ¿qué conclusión saca de ahÃ? Repito que no les estaba engañando a ninguno de los dos, ni al otro ni a usted.
—¿Es usted ateo? ¿Ahora es ateo?