Los demonios
Los demonios —SÃ.
—¿Y entonces?
—Lo mismo, igual que ahora.
—No fue para mà para quien pedà respeto al empezar esta conversación. Con su inteligencia, deberÃa haberlo comprendido —murmuró Shátov con indignación.
—Yo no me he levantado a las primeras de cambio, no he dado por concluida la conversación, no me he marchado de su casa, sino que sigo aquà sentado, contestando sosegadamente a sus preguntas y… a sus gritos; asà pues, todavÃa no le he faltado al respeto.
Shátov le interrumpió con un gesto:
—¿Se acuerda usted de su expresión? «Un ateo no puede ser ruso; un ateo, por el mero hecho de serlo, deja de ser ruso». ¿Lo recuerda?
—¿Eso dije? —preguntó a su vez Nikolái Vsévolodovich.
—¿A mà me lo pregunta? ¿Lo habÃa olvidado? Pues es una de las afirmaciones más exactas sobre una de las principales peculiaridades del espÃritu ruso, peculiaridad que usted supo ver. ¿Cómo puede haberlo olvidado? Le recordaré otra cosa más que dijo entonces: «No se puede ser ruso sin ser ortodoxo».
—Supongo que es una idea eslavófila.