Los demonios
Los demonios —¿Dice usted que se puede llegar a Dios por medio del trabajo, es más, por medio del trabajo de campesino? —respondió, después de una breve reflexión, como si, efectivamente, hubiera dado con algo nuevo y serio, digno de tomar en consideración—. A propósito —cambió rápidamente de tema—, acaba usted de recordármelo: ¿sabe que no soy rico, ni muchÃsimo menos, asà que no tengo nada a lo que renunciar? Apenas estoy en condiciones de asegurarle un futuro a Maria Timoféievna… Otra cosa: he venido a pedirle que, en la medida de lo posible, no descuide usted mucho en lo sucesivo a Maria Timoféievna, pues es usted la única persona que podrÃa ejercer alguna influencia en su pobre juicio… Se lo digo por lo que pudiera ocurrir.
—Muy bien, muy bien; me habla usted de Maria Timoféievna —Shátov hizo un gesto con la mano, mientras en la otra sostenÃa una vela—; muy bien; más tarde, desde luego… Escuche, vaya a ver a Tijon.
—¿A quién?
—A Tijon. Tijon, el antiguo obispo; ahora vive retirado, por una enfermedad, aquà en la ciudad, en las afueras, en el monasterio de San Eutimio en Bogorodsk.
—¿Qué quiere decir?
—Nada. Va mucha gente a verlo. Vaya usted, ¿qué le cuesta? ¿Qué le cuesta?