Los demonios
Los demonios —Y ¿por qué si no? Pero tranquilo, que te he defendido. Porque ésa es tu única justificación. Ella ha entendido que te hacía falta dinero, como a todo el mundo, y que desde ese punto de vista es posible que estés en lo cierto. Yo le he demostrado, como dos y dos son cuatro, que vivíais de un modo que era beneficioso para ambos: ella como capitalista y tú como bufón sentimental a su servicio. En cualquier caso, por el dinero no se enfada, aunque la has ordeñado como a una cabra. Lo que la enfurece es que durante veinte años ella ha creído en ti, mientras que tú la has embaucado y la has obligado a mentir todo ese tiempo. Nunca admitirá que ha estado mintiendo, pero por eso mismo te lo hará pagar doblemente. No entiendo cómo no has supuesto que algún día os tocaría ajustar cuentas. Al y fin al cabo, algo de juicio siempre has tenido. Ayer le aconsejaba que te metiera en un asilo… tranquilo, en uno decente, no se trata de humillarte; parece que lo va a hacer. ¿Te acuerdas de la última carta que me mandaste a la provincia de J., hace tres semanas?
—¡No me digas que se la has enseñado! —replicó aterrorizado Stepán Trofímovich.