Los demonios
Los demonios —Bueno, no tan rotundamente. Usted escribió: «No puedo», pero sin explicar cuál era la causa. No significa lo mismo «no puedo» que «no quiero». CabÃa pensar que no podÃa hacerlo, sencillamente, por razones materiales. Asà lo entendieron ellos, y llegaron a la conclusión de que usted estaba de acuerdo en seguir vinculado a la sociedad y, por lo tanto, podÃan confiarle otras cosas y, en consecuencia, comprometerse todavÃa más. Por aquà dicen que usted sencillamente se proponÃa engañarlos, delatándolos en cuanto le llegara alguna información importante. Yo puse todo mi empeño en defenderle y les enseñé su nota de respuesta, de un par de lÃneas, como una prueba en su favor. Pero debo confesar, después de releerla ahora, que esas dos lÃneas resultan confusas y se prestan a engaño.
—Y ¿ha conservado usted esa nota con tanto esmero?
—Lo de menos es que la haya conservado; el caso es que sigue en mi poder.
—Pues muy bien, ¡maldita sea! —gritó Shátov con rabia—. Que piensen esos imbéciles suyos que los he delatado, ¡a mà qué me importa! ¡Me gustarÃa ver qué pueden hacerme!
—AnotarÃan su nombre y con el primer éxito de la revolución le colgarÃan.
—¿Eso será cuando conquisten ustedes el poder supremo y sometan a Rusia?