Los demonios

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—Pero déjeme que le diga que no me trata usted con respeto; si ni siquiera he podido terminar de exponer mi argumento, no ha sido por falta de ideas, sino más bien por exceso de ellas… —farfulló el escolar, al borde de la desesperación, y acabó haciéndose un lío.

—Si no sabe hablar, cállese —le soltó la estudiante.

El alumno de gimnasio se puso en pie de un salto.

—Yo solo quería decir —gritó, todo rojo de vergüenza y sin atreverse a mirar a su alrededor— que usted lo único que pretendía era demostrar lo lista que es, porque había entrado el señor Stavroguin… ¡ni más ni menos!

—Ésa es una idea sucia e indecente y es una prueba de su nula inteligencia. Le ruego que no vuelva a dirigirme la palabra —recitó de un tirón la muchacha.

—Stavroguin —dijo la anfitriona—, antes de que llegaran ustedes estaban discutiendo a gritos sobre los derechos de la familia… aquí, este oficial. —Señaló a su pariente, el comandante—. No se preocupe, que no voy a molestarle con disparates ya caducos, que han quedado resueltos hace tiempo. No obstante, ¿de dónde pueden venir los derechos y deberes familiares, en la forma supersticiosa en que se nos presentan actualmente? Ésa es la cuestión. ¿Usted qué opina?


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