Los demonios
Los demonios —¿Cómo que de dónde pueden venir? —preguntó a su vez Stavroguin.
—A lo que se refiere es a que, por ejemplo, sabemos que la superstición de Dios surgió a partir del relámpago y el trueno —volvió a terciar de pronto la estudiante, poco menos que devorando con los ojos a Stavroguin—; es bien sabido que el hombre primitivo, temeroso del relámpago y del trueno, divinizó a un enemigo invisible, frente al cual sentía su propia debilidad. Pero ¿de dónde procede la superstición de la familia? ¿De dónde pudo surgir la familia como tal?
—No es lo mismo, ni mucho menos… —quiso frenarla la anfitriona.
—Supongo que la respuesta a esta pregunta sería un tanto indecorosa —contestó Stavroguin.
—¿Y eso? —dijo la estudiante, inclinándose hacia delante.
Pero en el grupo de maestros se oyó una risita, que secundaron enseguida desde el extremo opuesto Liamshin y el escolar, y a todos ellos se sumó el comandante, pariente de la anfitriona, con una carcajada enronquecida.
—Tendría usted que escribir vodeviles —le dijo la anfitriona a Stavroguin.
—Eso no habla nada bien de usted; no sé cómo se llama —estalló la estudiante, visiblemente indignada.