Los demonios

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—Pues ¡tú sé más discreta! —bramó el comandante—. Eres una señorita, y deberías comportarte con modestia, en vez de moverte como si estuvieras sentada en la punta de una aguja.

—Haga el favor de callarse y no se atreva a dirigirse a mí en tono familiar, con esas comparaciones obscenas. Es la primera vez que le veo y no me interesa saber si somos parientes.

—Pero ¡si soy tu tío! ¡Yo te he llevado en brazos cuando eras pequeña!

—A mí qué me importa que me llevara en brazos. Yo no le pedí entonces que me llevara; de modo que a usted, oficial insolente, le apetecería llevarme. Y déjeme advertirle de que no debe volver a tutearme, salvo que lo haga como un conciudadano. Yo no se lo consiento, ya lo sabe.

—¡Son todas iguales! —El comandante dio un puñetazo en la mesa, dirigiéndose a Stavroguin, que estaba sentado enfrente de él—. No, señor, permítame, yo soy partidario del liberalismo y de la modernidad, y me gusta escuchar conversaciones inteligentes; eso sí, ya se lo advierto, siempre que sean de hombres. Pero conversaciones de mujeres, como las de estas descastadas de ahora, ¡no, señor, eso es un tormento! ¡Deja de dar vueltas! —le gritó a la estudiante, que estaba a punto de salir despedida de la silla—. No, señor, yo también pido la palabra, me siento ofendido.


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