Los demonios

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En primer lugar, las varas hicieron su aparición con una prisa excesiva; es evidente que el jefe de policía las había preparado de antemano, por lo que pudiera pasar. No obstante, solo hubo dos, o a lo sumo tres, castigados; de eso sí estoy seguro. Lo de que todos los hombres, o por lo menos la mitad, sufrieron el castigo es pura invención. Como también es un disparate afirmar que una señora, pobre aunque del estamento nobiliario, que, al parecer, pasaba por allí fue detenida y azotada de inmediato; y, sin embargo, algunos días después yo mismo leí lo de esa dama en la crónica de un periódico de San Petersburgo. En la ciudad se habló mucho de una tal Avdotia Petrovna Tarapyguina, residente en el asilo del cementerio, la cual, volviendo de una visita, al atravesar la plaza se habría abierto paso entre el público, movida por su natural curiosidad, y, viendo lo ocurrido, habría exclamado: «¡Qué vergüenza!», y habría escupido. Motivo por el cual, supuestamente, se la habían llevado y de paso «le habían dado su merecido». De este caso no solo se escribió en los periódicos, sino que incluso se organizó en la ciudad, al calor de los hechos, una suscripción en beneficio de esa mujer. Yo mismo aporté veinte kopeks. ¿Y bien? Pues ¡ahora resulta que en nuestra ciudad no había ninguna Tarapyguina! Fui en persona a informarme al asilo del cementerio, y allí nunca habían oído hablar de ella; es más, se enfadaron cuando les comenté el rumor que corría por ahí. En realidad, si hago referencia a esa inexistente Avdotia Petrovna es porque a Stepán Trofímovich le pasó prácticamente lo mismo que a ella (admitiendo que esa mujer de verdad hubiera exisitido); incluso es posible que, de algún modo, su caso estuviera en el origen del burdo rumor sobre la Tarapyguina; es decir, que las malas lenguas, a medida que iba propalándose el chisme, habrían acabado convirtiendo sin más a Stepán Trofímovich en esa tal Tarapyguina. Lo que no entiendo, por encima de todo, es cómo pude perder de vista a Stepán Trofímovich en cuanto llegamos a la plaza. Temiéndome que pudiera ocurrir algo muy desagradable, yo me había propuesto acompañarlo hasta la misma puerta del gobernador, dando un rodeo por la plaza, pero me pudo la curiosidad y me detuve un momento a preguntar al primero que vi qué era lo que estaba pasando; total, que cuando me quise dar cuenta Stepán Trofímovich ya no venía conmigo. Instintivamente corrí a buscarlo en el sitio más peligroso; no sé por qué presentía que también su trineo estaría volando montaña abajo. Y, efectivamente, lo encontré en el centro mismo de los acontecimientos. Recuerdo que lo cogí de la mano, pero él me miró sereno y orgulloso, con autoridad ilimitada.


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