Los demonios
Los demonios —Cher —dijo con una voz en la que vibraba una cuerda rota—. Si los que están en esta plaza, delante de nosotros, están dando ordenes sin ningún tino, ¿qué cabe esperar de ése… si es que se le ocurre actuar de forma independiente?
Y, temblando de indignación y con un deseo desmedido de provocar, apuntó con dedo amenazante y acusador a Flibustiérov, que estaba a dos pasos y nos miraba con estupor.
—¡Ése! —exclamó, ciego de rabia—. ¿Y quién es ése? Y tú ¿quién eres? —Avanzó con el puño cerrado—. ¿Quién eres? —rugió con una mezcla de furia, susceptibilidad y desesperación (debo advertir que conocÃa de cara, sobradamente, a Stepán TrofÃmovich). Un segundo más y, sin duda alguna, lo habrÃa agarrado de las solapas, pero por suerte Lembke habÃa vuelto la cabeza al oÃr los gritos. Perplejo, miró fijamente a Stepán TrofÃmovich, como haciendo memoria, y de pronto hizo un gesto de impaciencia con la mano. Flibustiérov se detuvo en seco. Yo saqué como pude a Stepán TrofÃmovich de entre el gentÃo. Aunque es posible que él ya estuviera deseando marcharse de allÃ.
—A casa, a casa —insist×. Si no nos han sacudido ha sido, evidentemente, gracias a Lembke.