Los demonios

Los demonios

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—¡La ju-ven-tud! —Lembke pareció sobresaltarse, aunque apostaría a que no se estaba enterando de lo que le decían ni, posiblemente, de quién se lo decía—. Yo, señor mío, no lo tolero. —Se puso hecho una furia—. No tolero a los jóvenes. Todo son proclamas. Es un asalto a la sociedad, señor mío, un asalto en el mar… filibusterismo… ¿Cuál es su solicitud?

—Al contrario, ha sido su esposa la que me ha solicitado que lea algo en los festejos de mañana. Yo no solicito nada, he venido a reclamar mis derechos…

—¿Festejos? No va a haber festejos. No autorizo esos festejos suyos. ¿Conferencias? ¿Conferencias? —gritó fuera de sí.

—Me gustaría mucho que hablara conmigo en un tono más cortés, excelencia, sin patalear y sin gritarme como a un chiquillo.

—No sé si se da usted cuenta de con quién está hablando. —Lembke enrojeció.

—Perfectamente, excelencia.

—Yo protejo a la sociedad, mientras usted la destruye. ¡La destruye! Usted… Pero, ahora que me acuerdo… ¿no estaba usted de preceptor en casa de la generala Stavróguina?

—Sí, yo he sido… preceptor… en casa de la generala Stavróguina.


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