Los demonios

Los demonios

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—Señores —gritó Karmazínov—. He terminado. Omito el final y me marcho. Pero permítanme que les lea tan solo las seis últimas líneas. «¡Sí, amigo lector, adiós! —empezó acto seguido a leer su manuscrito, sin volver a sentarse en el sillón—. Adiós, lector; ni siquiera insisto demasiado en que nos separemos como amigos: ¿para qué iba a molestarte? Insúltame incluso, ¡oh, insúltame todo lo que quieras, si eso te complace! Pero lo mejor sería que nos olvidáramos el uno del otro para siempre. Y, si todos vosotros, lectores, fuerais de pronto tan buenos como para, puestos de rodillas, empezar a implorarme entre lágrimas: “Escribe, escribe para nosotros, Karmazínov: para la patria, para la posteridad, para las coronas de laurel”, también os respondería, dándoos las gracias, naturalmente, con el mayor de los respetos: “¡No, queridos compatriotas, ya hemos viajado juntos bastante tiempo, merci! ¡Ya es hora de que cada cual siga su camino! Merci, merci, merci”».

Karmazínov se inclinó ceremoniosamente y, todo rojo, como recién cocido, abandonó el estrado.

—Nadie se va a poner de rodillas; qué idea más disparatada.

—¡Esto sí que es vanidad!

—No es más que humor —puntualizó otro con más sensatez.

—Pues que Dios nos libre de ese humor vuestro.


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