Los demonios
Los demonios —No, no, queremos oÃrle, claro que queremos —se atrevieron a decir al fin unas cuantas voces de la primera fila.
—¡Lea, lea! —insistieron algunas voces femeninas, entusiasmadas, y por fin estallaron los aplausos, aunque tÃmidos y dispersos. KarmazÃnov forzó una sonrisa y se levantó de su asiento.
—Créame, KarmazÃnov, que todos lo consideran un honor… —la propia decana se animó a hablar.
—Señor KarmazÃnov —se alzó una voz fresca y juvenil en el fondo del salón. Era la voz de un maestro muy joven de la escuela del distrito, un muchacho excelente, discreto y honrado, recién llegado a nuestra ciudad. Incluso se levantó de su asiento—. Señor KarmazÃnov, si yo tuviera la dicha de enamorarme como usted lo ha descrito, la verdad es que no dirÃa nada de mi amor en un artÃculo destinado a la lectura pública…
Se puso todo colorado.