Los demonios
Los demonios —Señores, lo que más me sorprende es que se tomen esto tan en serio. No obstante… no obstante, llevan ustedes toda la razón. Nadie venera la auténtica realidad más que yo… —Aunque sonreÃa irónicamente, se veÃa que estaba muy afectado. Su rostro parecÃa decir: «No soy como ustedes piensan; estoy de su parte; solo tienen que alabarme, alabarme más, cuanto más mejor, porque eso es algo que me encanta»—. Señores —gritó al fin, muy dolido—, veo que mi pobre poemilla no ha venido a parar al lugar adecuado. Y tampoco yo, por lo visto…
—Apuntaba usted a un cuervo y le ha dado a una vaca —dijo a voz en grito algún mentecato, sin duda borracho, a quien, naturalmente, no habÃa que prestar atención. Aunque lo cierto es que se oyeron unas risas irrespetuosas.
—¿A una vaca, dice usted? —replicó de inmediato KarmazÃnov. Su voz se iba volviendo cada vez más chillona—. En lo tocante a cuervos y vacas, me permito abstenerme, señores. Respeto demasiado a toda clase de público para permitirme hacer comparaciones, por inocentes que sean; pero se me ha ocurrido que…
—No obstante, señor mÃo, no deberÃa ser tan… —gritó alguien en las últimas filas.
—Pero yo pensaba que, al colgar la pluma y despedirme de mis lectores, serÃa escuchado…