Los demonios
Los demonios Y ahà es donde estuvo su error: en ser el primero en hablar; porque invitando de aquel modo a una respuesta, daba pie a que cualquier sinvergüenza hablase a su vez, incluso, por asà decir, de forma legÃtima, mientras que, si se hubiera reprimido, la gente se habrÃa limitado a seguir sonándose la nariz y habrÃa salido del paso… A lo mejor esperaba una ovación en respuesta a su comentario; pero no se produjo ninguna ovación; al contrario, todo el mundo pareció asustarse y retraerse, y nadie dijo nada.
—Usted no ha visto nunca a Anco Marcio; no es más que un recurso estilÃstico —se oyó de pronto una voz irritada, y hasta un tanto apremiante.
—Eso es —se hizo eco al momento otra voz—. Hoy en dÃa no hay apariciones, sino fenómenos naturales. Compruébelo en un libro de ciencias naturales.
—Señores, lo último que esperaba eran reparos de esa clase. —KarmazÃnov estaba tremendamente sorprendido. En Karlsruhe, el gran genio se habÃa olvidado por completo de lo que era su paÃs.
—En nuestro siglo es una vergüenza leer que el mundo se apoya en tres peces —soltó de pronto una muchacha—. Usted, KarmazÃnov, no ha podido bajar a la gruta del anacoreta. Y, además, ¿quién habla de anacoretas hoy en dÃa?