Los demonios
Los demonios Naturalmente, aquello no acabó bien; pero lo peor fue que todo se inició por ahí. Hacía ya un rato que habían empezado los cuchicheos, la gente se sonaba, tosía y hacía lo que se suele hacer cuando en un recital literario el escritor, sea quien sea, retiene al público más de veinte minutos. Pero el genial autor no se daba cuenta de nada de eso. Seguía ceceando y balbuceando, ajeno al auditorio, hasta que todo el mundo empezó a sentirse desconcertado. De pronto, en las últimas filas se oyó una voz solitaria pero atronadora:
—¡Ay, Señor, cuánta tontería!
Se le escapó involuntariamente y, estoy convencido, sin ningún deseo de hacerse notar. Sencillamente, era un hombre cansado. Pero el señor Karmazínov se detuvo, miró irónicamente al público y ceceó de pronto con el porte de un chambelán agraviado:
—Parece, señores, que ya les he aburrido bastante…