Los demonios
Los demonios Pero nada de eso habría tenido mayor importancia, porque ¿quién no conoce los prolegómenos de los autores? No obstante, señalaré que, dada la escasa formación de nuestro público y la irritabilidad de las filas traseras, todo aquello pudo influir. De todos modos, ¿no habría sido mejor leer un breve relato, uno de esos cuentecillos diminutos como los que solía escribir antes, esto es, aquellos cuentos que, trabajados y pulidos, no carecían de ingenio? De ese modo se habría salvado todo. Pues no; nada de eso. ¡Nos esperaba un buen sermón! Dios mío, ¿de qué no hablaría? Me atrevo a afirmar positivamente que no ya nuestro público, sino el de la capital, se habría quedado atónito. Imagínense cerca de treinta páginas con la cháchara más amanerada e innecesaria; y este señor, por añadidura, leía en tono condescendiente y lastimero, como si estuviera haciendo un favor, lo cual resultaba hasta ofensivo para el auditorio. El tema… Pero ¿quién podría descifrar cuál era el tema? Era algo así como un recuento de determinadas impresiones, de ciertos recuerdos. Pero ¿de qué? ¿Sobre qué? Por más que fruncíamos nuestros ceños provincianos a lo largo de toda la primera mitad de la lectura, no conseguíamos asimilar nada; de modo que la segunda mitad la escuchamos por pura cortesía. Es verdad que se hablaba mucho de amor, del amor del genio por cierta persona, pero confieso que resultó bastante deslucido. A la figurita baja y rechoncha del genial escritor no le iba demasiado bien, en mi opinión, lo de contar cómo había sido su primer beso… Y, algo que también es ofensivo, aquellos besos no ocurrían como los del resto de la humanidad. No podían faltar matas de hiniesta alrededor (tenía que ser hiniesta u otra hierba que hubiera que buscar en un libro de botánica). Además, debía haber necesariamente en el cielo un matiz violáceo, el cual, por supuesto, no había sido notado antes por ningún mortal; es decir, todos lo habían visto, pero no habían sabido advertirlo; y sepan que «yo sí lo he visto y se lo describo a ustedes, que son unos necios, como la cosa más natural». El árbol bajo el que estaba sentada la interesante pareja había de ser obligatoriamente de color naranja. Estaban en algún lugar de Alemania. De pronto ven a Pompeyo o Casio la víspera de la batalla, y un escalofrío de éxtasis les recorre a ambos el espinazo. Una rusalca empieza a chillar en los arbustos. Gluck toca el violín entre los cañaverales. La pieza que estaba interpretando se menciona en toutes lettres, pero nadie parece conocerla, de modo que hay que buscarla en un diccionario de música. Entretanto se cierra la niebla, se cierra tanto que más que niebla parece un millón de almohadas. Y de pronto todo desaparece, y el gran genio atraviesa el Volga en invierno, durante un deshielo. Dos páginas y media de travesía, pero de todos modos cae por un agujero que hay en el hielo. El genio se va a ahogar… ¿creen que se ahoga al final? Ni pensarlo: todo eso era para mostrar que, cuando ya estaba a punto de ahogarse y no le llegaba el aliento, apareció delante de él un bloque de hielo, un diminuto bloque de hielo del tamaño de un guisante, pero puro y transparente «como una lágrima congelada», y en ese bloque de hielo se reflejaba Alemania o, mejor dicho, el cielo de Alemania, y el juego iridiscente de ese reflejo le trajo a la memoria aquella lágrima que, «acuérdate, brotó de tus ojos cuando estábamos bajo el árbol de esmeralda y tú exclamaste dichosa: “¡No hay crimen!”. “No —dije yo entre lágrimas—, pero en tal caso tampoco hay hombres justos”. Sollozamos y nos separamos para siempre». Ella a un lugar en la costa y él a unas cuevas; y he aquí que él desciende y desciende, tres años está descendiendo bajo la torre Sújarev de Moscú[301], hasta que de pronto, en las profundidades de la tierra, dentro de una gruta encuentra una lámpara, y delante de la lámpara a un monje. El monje está rezando. El genio se acerca a un ventanuco con barrotes y de pronto oye un suspiro. Pensarán ustedes que había suspirado el monje… Pues ¡sí que le importa mucho a él el monje! Nada de eso, señores, sencillamente aquel suspiro le «trajo a la memoria el primer suspiro de ella, hacía treinta y siete años», cuando, «acuérdate, en Alemania, estábamos bajo el árbol de ágata y tú me dijiste: “¿Para qué amar? Mira, a nuestro alrededor se extiende el ocre, y estoy enamorada; pero, si cesa de extenderse el ocre, dejaré de amar”». En ese momento vuelve a cerrarse la niebla, aparece Hoffmann, la rusalca silba un aire de Chopin y, de improviso surge de entre la niebla Anco Marcio[302], coronado de laurel, por encima de los tejados de Roma. «Un escalofrío de éxtasis nos recorre el espinazo y nos separamos para siempre», y etcétera, etcétera. En definitiva, puede que no lo cuente bien, y que sea incapaz de hacerlo, pero el sentido de la cháchara era algo por el estilo. Y, por último, ¡vaya una pasión indecente la de nuestros grandes talentos por los calambures de sentido elevado! El gran filósofo europeo, el gran sabio, el inventor, el trabajador, el mártir, todos los que están cansados y agobiados[303], vienen a ser para nuestro gran genio ruso algo así como cocineros que trabajan en su cocina. Él es el amo, y ellos se presentan ante él con sus altos gorros en la mano, esperando órdenes. Es verdad que también se ríe desdeñosamente de Rusia y que nada le gusta tanto como anunciar la bancarrota de Rusia, en todos los sentidos, ante los grandes intelectos europeos; pero, en lo que respecta a sí mismo, entonces ya no: está muy por encima de esos grandes intelectos de Europa, que solo son materia prima para sus calambures. Toma una idea ajena, le entreteje su antítesis, y ya está listo el calambur. Hay crimen, pero no hay crímenes; no existe la verdad, no hay hombres justos; el ateísmo, el darwinismo, las campanas de Moscú… Pero ¡ay!, ya no cree en las campanas de Moscú; Roma, laureles… pero ni siquiera cree en los laureles… He aquí un acceso convencional de hastío byroniano, una mueca tomada de Heine, algo de Pechorin[304]; y allá va rodando, rodando, la máquina, entre silbidos… «Pero alábenme, alábenme, es algo que me encanta; en cuanto a lo de colgar la pluma, es solo una forma de hablar; esperen, que aún tengo que aburrirles trescientas veces más, ya se cansarán de leerme…».