Los demonios
Los demonios —No ha pasado usted demasiado tiempo con ellos, pero ya le han contagiado su tono y su manera de hablar. Dieu vous pardonne, mon ami, et Dieu vous garde[311]. Pero yo siempre he notado rudimentos de decencia en usted y es posible que aún recapacite, après le temps[312], por supuesto, como todos nosotros, los rusos. En lo tocante a su observación sobre mi falta de sentido práctico, me limitaré a recordarle un viejo pensamiento mío: que en Rusia hay un sinfín de personas que se ocupan, con saña y singular tenacidad, como las moscas en verano, de atacar a los demás por su falta de sentido práctico, acusando a todo el mundo sin excepción, salvo a sí mismas. Cher, tenga presente que estoy alterado y no me atormente. Una vez más, merci por todo, y separémonos como ha hecho Karmazínov con su público, es decir, olvidémonos el uno del otro con la mayor generosidad posible. Lo de Karmazínov era una añagaza cuando pedía insistentemente a sus antiguos lectores que se olvidasen de él; quant à moi, no soy tan vanidoso, y deposito mis esperanzas, ante todo, en la juventud de su inocente corazón: ¿para qué querría recordar demasiado tiempo a un anciano inútil? «Viva más», amigo mío, como me deseó Nastasia en mi última onomástica (ces pauvres gens ont quelque fois de mots charmants et pleins de philosophie[313]). No le deseo mucha felicidad, se aburriría usted; tampoco le deseo desgracias, sino que, de acuerdo con la filosofía popular, me limitaré a repetir: «Viva más», y procure de algún modo no aburrirse en exceso; ese vano deseo lo añado yo por mi cuenta. Y ahora, adiós, y le digo adiós muy en serio. Y no se quede plantado delante de mi puerta, que no pienso abrir.