Los demonios
Los demonios Se retiró y no conseguà nada más. A pesar de su «agitación», habÃa hablado con fluidez, sin prisa, ponderando sus palabras y tratando obviamente de impresionarme. Indudablemente, estaba un tanto dolido conmigo y se vengaba de mà indirectamente, tal vez a causa de las kibitki y de los «escotillones» de la vÃspera. Y las lágrimas derramadas en público aquella mañana, a pesar de lo que habÃa sido, a su modo, una victoria, lo habÃan dejado, y él lo sabÃa, en una situación algo cómica, y nadie se preocupaba tanto por la belleza y el rigor formal en las relaciones con los amigos como Stepán TrofÃmovich. ¡Oh, no le echo la culpa! Pero fue precisamente la susceptibilidad y el sarcasmo de los que seguÃa haciendo gala, a pesar de tantas sacudidas, lo que me tranquilizó entonces: un hombre que, aparentemente, apenas habÃa cambiado en comparación con lo que habÃa sido siempre no iba a estar dispuesto en ese momento a hacer nada trágico o fuera de lo común. Asà razoné entonces y… ¡Dios mÃo, lo que me pude equivocar! Hubo demasiadas cosas que no tomé en consideración…
Anticipándome a los acontecimientos, citaré algunas de las primeras lÃneas de aquella carta a Daria Pávlovna, que ella, en efecto, recibió al dÃa siguiente: