Los demonios
Los demonios Mon enfant, me tiembla la mano, pero he terminado con todo. No estuvo usted presente en mi último combate con la gente; no acudió a la «lectura», e hizo bien. Pero le habrán contado que en nuestra Rusia, tan necesitada de gente de carácter, se levantó un hombre osado y, a pesar de las amenazas de muerte que le cayeron de todos lados, les dijo la verdad a aquellos necios: esto es, que son unos necios. O, ce sont des pauvres petits vauriens et rien de plus, des petits imbéciles, voilá le mot![314] La suerte está echada, me marcho de esta ciudad para siempre, y no sé adónde. Todos aquellos a quienes he amado me han vuelto la espalda. Pero usted, usted, criatura pura e inocente; usted, que es tan dócil, cuyo destino estuvo a punto de unirse al mío por voluntad de un corazón caprichoso y despótico; usted, que acaso miró con desprecio cómo derramaba mis pusilánimes lágrimas la víspera de nuestro frustrado casamiento; usted, que no puede, en ningún caso, mirarme más que como a un tipo cómico, ¡oh, para usted es el último grito de mi corazón, mi último deber, para usted sola! No puedo dejarla para siempre con la idea de que soy un necio ingrato, un patán y un egoísta, como seguramente le asegura a diario un corazón desagradecido y cruel que, ¡ay!, no puedo olvidar…
Y así seguía y seguía: en total, cuatro hojas de papel de gran formato.