Los demonios

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Siguiendo de cerca a la multitud de curiosos, llegué sin necesidad de preguntar al punto principal y más peligroso, donde por fin vi a Lembke, a quien venía a buscar por encargo de la propia Yulia Mijáilovna. Su situación era asombrosa, algo fuera de lo común. Estaba de pie sobre los restos de una valla; a su izquierda, a treinta pasos, se alzaba el esqueleto renegrido de una casa de madera de dos pisos, ya casi consumida, con agujeros en lugar de ventanas en ambos pisos, el techo hundido, y algunas llamas que aún serpenteaban entre las vigas carbonizadas. En el fondo del patio, a unos veinte pasos de la casa quemada, empezaba a arder un pabellón independiente, también de dos pisos, y los bomberos se estaban afanando en salvar esta construcción con todas sus fuerzas. A la derecha, los bomberos y los vecinos trataban de preservar un edificio grande de madera que no estaba en llamas, pero que ya había sido alcanzado por el fuego en varias ocasiones, y estaba condenado a arder sin remisión. Lembke gritaba y gesticulaba, vuelto hacia el pabellón, y daba órdenes que nadie cumplía. Llegué a pensar que lo habían dejado allí olvidado y que nadie se ocupaba ya de él. Lo cierto es que estaba rodeado por una densa y variopinta multitud, en la que junto a personas de toda clase y condición se veía a algunos caballeros distinguidos e incluso al protopope[324] catedralicio, y aunque todos lo escuchaban con curiosidad y asombro, nadie le dirigía la palabra o trataba de sacarlo de allí. Pálido, con ojos centelleantes, Lembke decía las cosas más sorprendentes; para colmo, no llevaba sombrero, pues hacía rato que lo había perdido.


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