Los demonios
Los demonios Debido al fuerte viento y a que casi todos los edificios a ese lado del río eran de madera y, para colmo, les habían prendido fuego en tres sitios distintos, las llamas se propagaron velozmente y alcanzaron a todo el barrio con una fuerza increíble (en realidad, habían prendido fuego en dos puntos extremos; el tercer foco había sido controlado a tiempo y extinguido al poco de estallar; más tarde nos ocuparemos de eso). En cualquier caso, los corresponsales de la capital exageraron nuestra desgracia: a lo sumo ardería una cuarta parte del barrio (puede que menos), aproximadamente. Nuestra brigada de bomberos, aunque insuficiente para la extensión y la población de nuestra ciudad, actuó, no obstante, con gran eficacia y abnegación. Pero poco habría podido hacer, aun contando con la ayuda unánime del vecindario, si el viento no hubiera cambiado de dirección de madrugada, para amainar de pronto justo antes de amanecer. Cuando llegué a la otra orilla, apenas una hora después de nuestra huida del baile, el fuego estaba en todo su apogeo. Una calle entera, paralela al río, ardía en llamas. Había tanta luz como en pleno día. No voy a describir en detalle el cuadro del incendio: ¿quién no lo conoce en Rusia? En las callejas vecinas a la del incendio el ajetreo y las aglomeraciones eran colosales. Todos estaban convencidos de que el fuego se propagaría hasta allí, y los moradores iban sacando sus posesiones a la calle, pero no querían alejarse de sus viviendas, por lo que aguardaban sentados en los baúles y edredones que habían sacado, al pie de las ventanas de sus casas. Parte de la población masculina estaba ocupada en la ingrata labor de derribar sin contemplaciones las empalizadas y de echar abajo los tugurios más próximos al fuego que tuviesen el viento de cara. Lloraban las criaturas recién despiertas y se lamentaban las mujeres que habían logrado sacar sus trastos a la calle. Las que todavía no lo habían conseguido callaban, poniendo todas sus energías en rescatarlos. Chispas y ascuas salían disparadas, y la gente trataba de apagarlas, en la medida de lo posible. Muy cerca del fuego se agolpaban los espectadores, llegados de todos los puntos de la ciudad. Algunos colaboraban en la extinción, otros se limitaban a observar, admirados. Un gran fuego nocturno transmite siempre una excitante sensación de regocijo; en eso se basan los fuegos artificiales, aunque en este caso el fuego se dispone en líneas regulares y armónicas, lo cual, unido a la total ausencia de peligro, produce un efecto juguetón y ligero, como el de una copa de champán. Otra cosa es un incendio real: aquí el espanto y, en definitiva, la sensación de peligro propio, unidos a la mencionada excitación asociada al fuego nocturno, causan en el espectador (siempre y cuando, evidentemente, no sea su casa la que está ardiendo) una especie de conmoción y un desafío, por así decir, a esos instintos de destrucción que, ¡ay!, se esconden en toda alma humana, hasta en la del más humilde y hogareño consejero titular… Esta oscura sensación resulta casi siempre embriagadora. «La verdad, no sé si es posible contemplar un incendio sin sentir algún placer». Esto, literalmente, fue lo que me dijo una vez Stepán Trofímovich, volviendo de un incendio nocturno con el que se había encontrado casualmente, aún bajo la primera impresión del espectáculo. No hace falta decir que ese mismo aficionado a los incendios nocturnos se arrojará a las llamas para salvar a un niño o a una anciana; pero eso ya es otra cuestión.