Los demonios

Los demonios

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—Entonces, ¡déjeme hacer a mí, como es natural! La caso espléndidamente con Mavriki Nikoláievich, a quien, por cierto, no he sido yo el que lo ha plantado en su jardín, ¡quítese eso de la cabeza! Ahora le tengo miedo. En mi drozhki, dice usted, pero el caso es que he pasado volando por delante de él… y, la verdad ¿qué pasa si tiene un revólver? Menos mal que yo también he cogido el mío. Aquí está —se sacó un revólver del bolsillo, lo mostró y volvió a guardárselo enseguida—, lo he traído porque como el camino es tan largo… De todos modos, yo se lo dejo a usted todo resuelto en un santiamén: el corazoncito de Lizaveta Nikoláievna estará ahora suspirando por su Mavriki… o al menos tendría que estar suspirando por él… Y ¡le doy mi palabra de que hasta me da lástima de ella! En cuanto se la lleve a Mavriki, no tardará en acordarse de usted: empezará a ponerle por las nubes, y a insultar a Mavriki a la cara… ¡el corazón de una mujer! ¿Vuelve usted a reírse? No sabe cómo me gusta verle tan alegre. Bueno, vamos. Yo empiezo con lo de Mavriki, y en cuanto a ésos… a los que han matado… ¿qué le parece si por el momento no le decimos nada? De todos modos, ya se enterará.

—¿Enterarse de qué? ¿A quién han matado? ¿Qué decía usted de Mavriki Nikoláievich? —Liza abrió la puerta de repente.

—¡Ah! ¿Estaba escuchando?


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