Los demonios
Los demonios —¿Qué acaba de decir de Mavriki Nikoláievich? ¿Lo han matado?
—¡Ah! Ya veo que no se ha enterado usted bien. TranquilÃcese, Mavriki Nikoláievich está sano y salvo, como podrá comprobar en un momento, porque está aquà mismo, en el camino, junto a la valla del jardÃn… Y ahà ha debido de pasarse toda la santa noche; tiene el capote empapado… Me ha visto llegar.
—Eso no es verdad. Ha dicho usted que habÃan matado a alguien… ¿A quién han matado? —insistió ella, ansiosa e incrédula.
—Solo han matado a mi mujer, a su hermano, Lebiadkin, y a su criada —explicó Stavroguin con firmeza.
Liza se estremeció y se puso mortalmente pálida.
—Un caso tan brutal como extraño, Lizaveta Nikoláievna, un caso de robo de lo más absurdo —se apresuró a decir Piotr Stepánovich—, no ha sido más que un robo, aprovechándose del incendio; ha sido obra de Fedka el Presidiario, y del muy idiota de Lebiadkin, que estuvo enseñándole su dinero a todo el mundo… He venido corriendo a informar… Ha sido un mazazo. Stavroguin apenas podÃa tenerse en pie cuando se lo dije. Estábamos discutiendo si era mejor decÃrselo a usted ahora mismo o no…
—Nikolái Vsévolodovich, ¿está diciendo la verdad? —dijo Liza, articulando a duras penas.
—No, no es verdad.