Los demonios
Los demonios —¿De verdad? ¿De verdad? —Liza, temblando con todo el cuerpo, aguardaba la sentencia final.
—Yo no los he matado y me oponÃa a que los mataran, pero sabÃa que los iban a matar y no detuve a los asesinos. Aléjate de mÃ, Liza —dijo Stavroguin, y se dirigió a la sala.
Liza se cubrió el rostro con las manos y salió de la casa. Piotr Stepánovich estuvo a punto de ir detrás de ella, pero inmediatamente regresó a la sala.
—¿Conque s� ¿Conque s� Asà pues, ¿no le tiene usted miedo a nada? —Se lanzó enfurecido sobre Stavroguin, balbuceando de un modo incoherente, sin atinar apenas con las palabras, con espuma en la boca.
Stavroguin, parado en medio del salón, no dijo nada. Suavemente, se cogió con la mano izquierda un mechón de sus cabellos y sonrió perplejo. Piotr Stepánovich le tiró con fuerza de una manga.
—¿Se da usted por vencido? ¿Asà que ése es su juego? Denunciarnos a todos, mientras ingresa en un monasterio o se va al infierno… Pero ¡yo acabo con usted de todos modos, aunque no me tenga miedo!