Los demonios

Los demonios

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—¿Ah, sigue usted parloteando? —Stavroguin, por fin, se fijó en él—. Corra —reaccionó de pronto—, corra tras ella, pida el coche, no la deje… ¡Venga, corra, corra! Acompáñela a casa para que nadie sepa nada y, sobre todo, para que no se acerque por allí… a ver los cadáveres… los cadáveres… Métala en el coche a la fuerza… ¡Alekséi Yegórych! ¡Alekséi Yegórych!

—¡Pare, no grite! Ahora ya está en brazos de Mavriki… Mavriki no se subiría a su coche… ¡Pare! ¡Esto es más valioso que el coche!

Volvió a sacar el revólver; Stavroguin lo miró muy serio.

—Adelante, máteme —dijo con calma, casi resignado.

—¡Uf, demonios, la de mentiras que se echa un hombre encima! —Piotr Stepánovich estaba temblando—. ¡Debería matarle, por Dios! La verdad, ¡ella tendría que haberle escupido! ¡Vaya una «barca» está usted hecho! ¡Un viejo bote de madera, lleno de agujeros, listo para irse a pique!… Vamos, aunque no sea más que por despecho, ¡ahora tiene usted que espabilar! ¡Ay! ¿Qué más le da, si usted mismo está pidiendo una bala en la sien?

Stavroguin se sonrió de un modo extraño.


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