Los demonios
Los demonios Piotr Stepánovich eligió un reservado. Liputin, irritado y resentido, se sentó en un sillón apartado de la mesa y lo miró comer. Pasó media hora, y más. Piotr Stepánovich no tenía prisa, comía con apetito; llamó, pidió otra mostaza, después cerveza, y todo eso sin dirigirle la palabra a Liputin. Estaba sumido en sus reflexiones. Podía hacer las dos cosas: comer con apetito y estar sumido en sus reflexiones. Liputin acabó por odiarlo hasta tal punto que ya no le quedaban fuerzas para desentenderse de él. Era como una especie de ataque de nervios. Iba contando cada trozo de bistec que el otro se llevaba a la boca, lo detestaba por la manera que tenía de abrirla, por cómo masticaba, por cómo saboreaba, deleitándose, los bocados más suculentos, detestaba el propio bistec. Al final, todo se le volvió confuso; la cabeza empezó a darle vueltas; un escalofrío le recorrió la espalda.
—Ya que no hace nada, lea. —Piotr Stepánovich le lanzó un pedazo de papel. Liputin se acercó a la lámpara. El papel estaba escrito con una letra diminuta, pésima, con correcciones en cada línea. Para cuando consiguió descrifrarlo, Piotr Stepánovich había pagado ya la cuenta y se disponía a salir. En la acera, Liputin le alargó el papel con intención de devolvérselo.
—Quédeselo; luego le cuento. Pero, de todos modos, ¿qué dice usted?
Liputin se estremeció.