Los demonios
Los demonios —En mi opinión… semejante proclama… no es más que un disparate absurdo. —Estallaba de rabia; sentÃa como si lo cogieran en volandas y se lo llevaran—. Si nos decidimos —Liputin tenÃa un ligero temblor en todo el cuerpo— a distribuir proclamas como ésta, conseguiremos que nos desprecien por nuestra estupidez y nuestra falta de comprensión de las cosas.
—Hum. Yo lo veo de otro modo. —Piotr Stepánovich caminaba con paso decidido.
—Y yo de otro; ¿no será que lo ha escrito usted?
—Eso no es asunto suyo.
—También creo que los ripios de Un alma noble son los ripios más birriosos del mundo, y de ningún modo pueden ser obra de Herzen.
—Qué disparate; son unos buenos versos.
—Otra cosa que me sorprende, por ejemplo —Liputin iba corriendo, dando saltos y jugando en su ánimo—, es que nos propongan actuar para que todo se venga abajo. En Europa es algo natural desear que todo se venga abajo, porque allà hay un proletariado, pero aquà no somos más que unos aficionados y, en mi opinión, nos limitamos a levantar polvo, señor.
—CreÃa que era usted fourierista.
—Eso no es lo que dice Fourier, ni mucho menos, señor.
—Por lo que sé, es un puro disparate…